Desde ya el abrazo esperando volver a verlos en mi nueva casa, ahora les apunto la dirección:
http://cristalizada.blogspot.com/
¡Hasta pronto!
Música. Recuerdo la música atravesando cada trocito de aquel espacio que nos contenía. Recuerdo también lo intensa que siempre en estos momentos es la luz que se proyecta en todas direcciones del lugar.
Y él está junto a mí, a mi costado y agarrado a mi cintura. Llevo yo una blusa llena de colores y el vientre ansioso por el contacto que establece su piel al sostener mi cuerpo, me doy vuelta y me quedo mirándolo fijo, como si esta fuera la primera vez que lo veo justo en frente, me acerco lento y deposito mis labios sobre los suyos mientras mi lengua da vueltas por cada uno de los resquicios de su boca dulce. Este gesto primigenio. Las formas, nuestras formas. La luz. Color amarillo. Cristales de amor amarillo. Klimt. Sucede de manera tan inesperada, un continuo de acciones no premeditadas y que parecen gestarse como si fueran un código inscrito en nuestros genes. Sucede así, que sus manos tibias recorren apremiantes la extensión de mi piel reconociendo cada pliegue, cada fragmento del relieve que me da forma. Mis formas. Lo busco y lo descubro, palmo a palmo voy rastreando sus caminos, y enredada entre el musgo que recorro bajando por su ombligo, me aferro a su espalda como un árbol, abrazándolo entre mis piernas. Sus formas. Sabrás ocultarme bien y desaparecer entre la niebla, entre la niebla. Me verás volar por la ciudad de la furia. Entonces, nos acompasamos en un ritmo pendular mientras vamos girando en este espacio que se nos vuelve infinito, la luz serpentea y se agolpa en nosotros, una marejada que sube y baja nos va sacudiendo, lentamente, al tiempo en que su saliva deja una estela brillante que marca el recorrido que ha hecho entre mis pechos, contrayéndolos hasta volverlos de piedra. Y sus manos. Otra vez sus manos colgándome por dentro un grito ahogado y es inminente el encuentro de nuestros sexos en un calce insalvable que en un movimiento delirante nos destierra de nuestras formas, difuminando los límites corporales como una niebla espesa; y lo único posible, lo único observable es el cromatismo que escapa como luz, intensa y veloz, emanando por los poros. Imbuidos en este instante eclosionamos y hacemos de éste nuestro clímax, desgajándonos furtivamente en fragmentos luminosos que retratan la imagen de esta supernova que aquí se convierte en metáfora. Y (es) un verde profundo en el mar (o en el cielo).
siento el volar de pájaros
en plena libertad por este cuerpo abierto
la carne derrumbándose
y el sonido de este trinar
de pájaros extasiados
que se revientan en cada poro
hasta la muerte
Me dirán loca, no enamorada sino loca por llamarte, por nombrarte como a un dios, por elevarte a la experiencia mística de lo que no se puede ser porque estamos condenados a la inexorable fugacidad. Existimos. Y yo te llamo así, te invento las formas, te encuentro en ceremoniales remotos y perdidos en los libros y sí, te digo así, con la certeza de que me llamarán loca por darte un espacio que ninguna disciplina alcanza a develar; y me dirán loca otra vez por significarte en las direcciones, en los caminos por los que se mueve el sol. Y yo te siento empaparme la piel de temblor transparente, tu imagen disuelta en pequeñas partículas que componen esta fuerza ancestral que gira en espiral o se menea de aquí para allá por sobre las olas, y que me arrastra a soplar tu nombre exhalando cada letra a ritmos dispares (impares) como un intento de que la voz pueda atravesar los átomos que dispuestos en sincronía te componen, y eres viento. Digo viento. Hay una escalera que significa tiempo, y danzamos a través de ella hasta llegar a la cima, en esta experiencia cósmica que llamamos nosotros, y que somos.
La historia me ha contado de sus dioses y sus hechos, me ha contado versiones variadas, con significaciones diferentes en nombre y representación, mas aquí sólo me importa contar la mía, mi historia y la representación que a mí me evoca la sola presencia/ausencia tuya, que corre y se contrae. Deslumbra y enloquece, y el relato nos eleva.
Qué importa que me llamen loca.
Cuando nos encontremos
cuando volvamos
a la tierra
donde fuimos
cuando no nos quepa el cuerpo
de qué hablaremos
cuando tú
no puedas alojarte en mi casa
y te arrepientas de haber dejado mi casa
deshabitada, bajo la lluvia
y lo amargo del frío
con la tetera repiqueteando sobre la estufa
entonces, donde estuvimos
habrá de estar cubierto de telarañas
y mi boca, imposible
parezca sonreír como en un tiempo de margaritas
en ese momento
para poder llegar
llamarás a la luna y cruzarás un puente
que una vez se hizo canción
en nosotros
entonces, quizás yo intente decirte
como nunca antes
decirte
o que me abraces o que cierres la puerta
de esta casa
para dejar aquí
toda esa lengua indescifrable
que seguirá preguntando
sobre qué hablar
o, tal vez, decir algo
que nunca se haya dicho
(que nunca hayamos dicho)
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Hoy, ya son 730 días desde que este espacio abrió sus puertas
en él hay 201 entradas
e incontables salidas
y lo más importante,
es que aún hay curiosos que desean visitar
las habitaciones de esta casa
aún desiertas